Manifiesto de la nube abierta

Leo en el blog de Enrique Dans que varias empresas entre las que destacan IBM, Sun Microsystems, Cisco, Novell, Red Hat, EMC y alguna española como Telefonica. Han redactado el Open cloud manifesto, para definir lo que serán las reglas de juego de las iniciativas de Cloud Computing que estamos ya viendo y que se generalizarán como el nuevo esquema computacional característico de los tiempos en que vivimos. Computación en nube es una metáfora de internet entendido como una nube de dispositivos que ofrecen servicios de computación.

Los firmantes del Open Cloud Manifesto ratifican seis principios:

  1. Trabajar juntos para que los retos fundamentales en la adopción sean solucionados mediante colaboración abierta y el uso adecuado de los estándares
  2. No utilizar su posición de mercado para convertir a sus clientes en cautivos de una plataforma concreta  y limitar su libertad de elección
  3. Usar y adoptar los estándares existentes siempre que sea posible, para evitar así reinventarlos o duplicarlos
  4. Recurrir con prudencia a la creación de nuevos estándares, y cuando así sea por necesidad, hacerlo con pragmatismo, reduciendo el número de estándares necesarios, y asegurando que éstos promueven la innovación en lugar de inhibirla
  5. Llevar a cabo iniciativas en función de las necesidades del cliente, no de las necesidades técnicas de los proveedores
  6. Trabajo conjunto y coordinado de todos los actores implicados para evitar que sus iniciativas entren en conflicto o se solapen.

Carta de Warren Buffet a sus accionistas

Absolutamente genial, al nivel del discurso de Juan Roig (Mercadona), extraigo algunas frases del blog de Jesús Encinar, de Idealista, a quien quiero dar la enhorabuena por hacerse eco de estas declaraciones, y las gracias por haberlas traducido. Lo que tiene la gente que sabe mucho de algo, como es el caso de Warren Buffet en economía es que son capaces de explicar cosas complicadas de forma sencilla, y si no, mira esto:

A finales de año, inversores de todo pelaje estaban desorientados y desangrados, como pajarillos que se hubiesen colado en un partido de badminton.

Por todo el país, la máxima pasó a ser aquel credo que leía en las paredes de muchos restaurantes cuando era joven: In God we trust; all other pay cash (“Confíamos en Díos, los demás pagan en efectivo”, In God we trust es la frase que figura en todos los billetes de dólar).

La medicina económica que antes se dispensaba en cucharitas, ahora se despacha por barriles.

Una probable consecuencia será una vorágine inflacionista.

Industrias enormes se han hecho dependientes de la ayuda federal, ahora vendrán además ciudades y estados con peticiones alucinantes. Retirar a estas entidades de la ubre pública será todo un reto político: no van a dejar de chupar del Estado fácilmente.

Lo que es seguro es que la economía seguirá dando tumbos en 2009 y, visto lo visto, probablemente mucho más allá.

A la hora de invertir, el pesimismo es tu amigo, y la euforia, tu enemigo.

“El precio es lo que pagas, pero el valor es lo que obtienes a cambio”. Ya sean acciones o calcetines, me gusta comprar mercancía de calidad cuando está de liquidación.

Hace algunos años, nuestros competidores eran conocidos como “operadores de compras apalancadas” (LBO, en sus siglas inglesas). Pero LBO se echó mala fama. Como en una novela de Orwell, los LBO decidieron cambiar su nombre, pero no los ingredientes de sus operaciones, incluidos su afición por cobrar comisiones y su amor por la deuda. Su nueva etiqueta fue private equity, una forma de llamar a las cosas por su contrario. La compra de una empresa por parte de estas firmas acaba de forma casi irremediable en fuertes reducciones en la parte de capital en el balance del adquirido. Un gran número de estas empresas, adquiridas hace tan solo dos o tres años, están ahora mortalmente heridas por la deuda que sus compradores de private equity han apilado sobre ellas. Las firmas de private equity, paradójicamente, no se apresuran a inyectar el capital que sus empresas necesitan ahora desesperadamente. Más bien se aseguran que el capital que les queda esté bien a salvo.

Nos sentimos como un par de mosquitos hambrientos en una playa nudista. Hay objetivos sabrosos por todas partes.

Endeudados que nunca debían haberse endeudado financiados por prestamistas que no debían haber prestado.

Ambas partes confiando en que la subida del precio de la vivienda justificase un arreglo que sería imposible de cualquier otra manera. Es como Escarlata O’Hara de nuevo: “ya lo pensaré mañana”.

Ser propietario de una casa es algo maravilloso. Mi familia y yo hemos disfrutado la misma casa desde hace cincuenta años y aún nos quedan muchos más. Pero el disfrute y el uso deben ser los motivos principales para la compra, no el beneficio ni las posibilidades de refinanciación. El hogar comprado debería ajustarse al nivel de ingresos del comprador. La actual crisis inmobiliaria debe enseñar a compradores, bancos, inmobiliarias y al gobierno algunas lecciones básicas que nos permitirán tener estabilidad en el futuro. Para comprar una casa como Dios manda hay que pagar al menos el 10% de entrada y la hipoteca debe ser satisfecha cómodamente con los ingresos del prestamista, que deben ser comprobados con cuidado. Que la gente tenga casas en propiedad, aunque sea algo deseable, no debe ser el objetivo primordial del país. Que la gente mantenga la casa que ha comprado sí debería ser el objetivo.

Si mirar los resultados financieros del pasado bastase para averiguar el futuro, la lista Forbes 400 serían todos bibliotecarios.

La aprobación de los demás no el objetivo de invertir. De hecho, la aprobación es contraproducente porque anestesia el cerebro y lo hace menos receptivo a nuevos hechos o a re-examinar las conclusiones a las que llegaste antes. Cuidado con las inversiones que generan aplausos. Los grandes movimientos son a menudo recibidos con bostezos.

Mayor “transparencia”, la solución favorita de políticos, analistas y reguladores para evitar futuros descarrilamientos, no es el remedio para los problemas que plantean los derivados. No conozco ningún mecanismo de información que describa o mida ni de lejos los riesgos de una enorme y compleja cartera de derivados. Los auditores no pueden auditar estos contratos y los reguladores no pueden regularlos. Cuando leo las páginas de “advertencia” de compañías metidas en enredos con estos instrumentos, lo único que acabo sabiendo es que no sé qué hay en sus carteras (y después me tengo que tomar una aspirina).

De esta irritante realidad surge la Gran Ley de Supervivencia Empresarial para ambiciosos consejeros delegados que amontonan deuda y balances insondables de derivados: ser ligeramente incompetente no es suficiente, para sobrevivir necesitan gigantescos desastres de consecuencias imprevisibles.

Me cansé de los cables blancos como me cansé de los cables negros

En 1997 tuve mi primer Apple, era un portátil y su nombre todavía no empezaba por i, sino que era un número de cuatro dígitos; aquel portátil lo había heredado mi madre de mi tío, y yo de mi madre, tenía pantalla monocroma, era de buena calidad  y cuando te equivocabas hacía el cuack de un pato; en resumen un buen ordenador.

Nada más acabar la carrera me compré el pimer iMac, el cabezón verde no traía disquetera, era, y es porque todavía lo conservo, de buena calidad, y costaba un mundo encontrarle periféricos puesto que sólo llevaba USB, y en aquel entonces el USB era una rareza de Apple.

En 2002 me compre el que, hasta el momento, es el mejor ordenador que ha pasado por mis manos, un PowerPC 733 quicksilver, una maravilla que llevaba dos ventiladores de avión, y me convertí en el evangelizador de Apple para España, no sólo por el ordenador si no también porque fue un momento de crecimiento de las comunidades de usuarios de Mac, con dos vertientes, los foros, como el de Macworld, del cual yo era un habitual, y servía para responder dudas y aprender cosas nuevas; y también los desarrolladores de software libre, salieron para Mac muchos de los programas que ya había para Linux.

Luego llegó el iPod nano, y el MacBook, y con este último la decepción; Apple cambió a procesadores Intel, subió el rendimiento y bajó la calidad, pero no sólo bajó en el procesador, si no que empeoraron en otros muchos componentes. No obstante, aunque yo ya estaba desencantado con Apple me compré un iPod shuffle, con el que estoy contento. Ahora acaba de salir el nuevo shuffle y descubro horrorizado que trae un chip de control en los auriculares, una cosa que, además no figura entre las características del equipo; en fin, que hoy he mirado los cables blancos que llevo en mi mochila y me he entristecido.

Te doy mi dinero si me das tu creatividad

Yo antes creía en los evaluadores de proyectos empresariales de I+D, sí yo mismo soy evaluador de esas startups, pero no pongo dinero en ellas, me refiero a los que sí ponen dinero. Creía en ellos porque los consideraba mejores que yo y pensaba también que dedicaban más esfuerzo que un servidor a escudriñar un plan de negocio o un proyecto de I+D; la primera premisa, que sean mejores que yo, aún no se me ha caído, la segunda sí, he visto como catalogan por la vía rápida a un proyecto basándose en prejuicios.

Es más fácil pensar si el sector al que va dirigida la iniciativa es prometedor y sobre todo, glamuroso, que entrar a fondo a entender qué es realmente lo que quieren hacer esos tíos, eso lleva tiempo y, sobre todo, precisa de interés por parte del evaluador, y es una labor que no está valorada en el expediente. Es un trabajo divertido como ningún otro, te permite aprender, ver ideas nuevas, nuevos productos y servicios, pero requiere de tiempo e ilusión, no tanto tiempo e ilusión como los del emprendedor, pero sí que estés a su altura, que preguntes cosas, y que les des confianza en tu confidencialidad e incapacidad para fusilarles la idea; también es necesario saber nada de todo, vamos abarcar mucho y apretar poco.

Es complicado estar a la altura del emprendedor, entrevistarse con él, y, desde un marco de confianza, ir tirándole de la lengua, estar preparado para entender lo que dice, preguntar las dudas e investigar después. Todo eso ni está en el manual ni se refleja en la nómina; si en lugar de tomarte el esfuerzo miras la sede social de la empresa y dices, macho, pero si están en Carabanchel, ¿y estos quieren competir con los de Silicon Valley?, pues te la cargas y punto, y luego resulta que habeilas hailas; si en lugar de buscar una tecnología propia diferencial, ves a tres frikis que quieren montar la enésima red social, pues dices, que los apoye Rita; si en lugar de ver un sensacional investigador que quiere revolucionar el tratamiento del cáncer, ves a un enano feo con una vieja camisa de leñador que esta deformada por la bata que llevaba hace un rato encima, concluyes que un gestor de capital riesgo no querrá perder el tiempo con semejante individuo.

El siguiente paso, en ocasiones, es dejar caer que la tecnología es buena, pero si se aplicara de otra manera sí que podría ser realmente productiva, que es un equipo “peculiar y muy científico”, o simplemente que los ves un poco negativos con el sistema productivo. Claro, ahora llega el momento de pedirle soterradamente al emprendedor que cambie su idea y/o que cambie el mismo, ya sabes, te doy mi dinero si me das tu creatividad. Pero cómo puedes ser tan burro, no te das cuenta que viene todo junto en un paquete, que las ideas originales es difícil que sean comprendidas en primera instancia, que si matas la creatividad te cargas la innovación. El emprendedor tecnológico en sentido estricto es una rara avis, es difícil que un científico sea emprendedor, y viceversa, cuando ambas cosas se conjugan con una idea y un equipo, se ve brillar desde lejos, te ilusiona, te emociona, te impacta.

Quédatelo o déjalo pasar para que se lo quede otro, pero ojo, porque comprar la creatividad con dinero supondrá la muerte de los dos: de la startup y de tu dinero.