Carta de Warren Buffet a sus accionistas

Absolutamente genial, al nivel del discurso de Juan Roig (Mercadona), extraigo algunas frases del blog de Jesús Encinar, de Idealista, a quien quiero dar la enhorabuena por hacerse eco de estas declaraciones, y las gracias por haberlas traducido. Lo que tiene la gente que sabe mucho de algo, como es el caso de Warren Buffet en economía es que son capaces de explicar cosas complicadas de forma sencilla, y si no, mira esto:

A finales de año, inversores de todo pelaje estaban desorientados y desangrados, como pajarillos que se hubiesen colado en un partido de badminton.

Por todo el país, la máxima pasó a ser aquel credo que leía en las paredes de muchos restaurantes cuando era joven: In God we trust; all other pay cash (“Confíamos en Díos, los demás pagan en efectivo”, In God we trust es la frase que figura en todos los billetes de dólar).

La medicina económica que antes se dispensaba en cucharitas, ahora se despacha por barriles.

Una probable consecuencia será una vorágine inflacionista.

Industrias enormes se han hecho dependientes de la ayuda federal, ahora vendrán además ciudades y estados con peticiones alucinantes. Retirar a estas entidades de la ubre pública será todo un reto político: no van a dejar de chupar del Estado fácilmente.

Lo que es seguro es que la economía seguirá dando tumbos en 2009 y, visto lo visto, probablemente mucho más allá.

A la hora de invertir, el pesimismo es tu amigo, y la euforia, tu enemigo.

“El precio es lo que pagas, pero el valor es lo que obtienes a cambio”. Ya sean acciones o calcetines, me gusta comprar mercancía de calidad cuando está de liquidación.

Hace algunos años, nuestros competidores eran conocidos como “operadores de compras apalancadas” (LBO, en sus siglas inglesas). Pero LBO se echó mala fama. Como en una novela de Orwell, los LBO decidieron cambiar su nombre, pero no los ingredientes de sus operaciones, incluidos su afición por cobrar comisiones y su amor por la deuda. Su nueva etiqueta fue private equity, una forma de llamar a las cosas por su contrario. La compra de una empresa por parte de estas firmas acaba de forma casi irremediable en fuertes reducciones en la parte de capital en el balance del adquirido. Un gran número de estas empresas, adquiridas hace tan solo dos o tres años, están ahora mortalmente heridas por la deuda que sus compradores de private equity han apilado sobre ellas. Las firmas de private equity, paradójicamente, no se apresuran a inyectar el capital que sus empresas necesitan ahora desesperadamente. Más bien se aseguran que el capital que les queda esté bien a salvo.

Nos sentimos como un par de mosquitos hambrientos en una playa nudista. Hay objetivos sabrosos por todas partes.

Endeudados que nunca debían haberse endeudado financiados por prestamistas que no debían haber prestado.

Ambas partes confiando en que la subida del precio de la vivienda justificase un arreglo que sería imposible de cualquier otra manera. Es como Escarlata O’Hara de nuevo: “ya lo pensaré mañana”.

Ser propietario de una casa es algo maravilloso. Mi familia y yo hemos disfrutado la misma casa desde hace cincuenta años y aún nos quedan muchos más. Pero el disfrute y el uso deben ser los motivos principales para la compra, no el beneficio ni las posibilidades de refinanciación. El hogar comprado debería ajustarse al nivel de ingresos del comprador. La actual crisis inmobiliaria debe enseñar a compradores, bancos, inmobiliarias y al gobierno algunas lecciones básicas que nos permitirán tener estabilidad en el futuro. Para comprar una casa como Dios manda hay que pagar al menos el 10% de entrada y la hipoteca debe ser satisfecha cómodamente con los ingresos del prestamista, que deben ser comprobados con cuidado. Que la gente tenga casas en propiedad, aunque sea algo deseable, no debe ser el objetivo primordial del país. Que la gente mantenga la casa que ha comprado sí debería ser el objetivo.

Si mirar los resultados financieros del pasado bastase para averiguar el futuro, la lista Forbes 400 serían todos bibliotecarios.

La aprobación de los demás no el objetivo de invertir. De hecho, la aprobación es contraproducente porque anestesia el cerebro y lo hace menos receptivo a nuevos hechos o a re-examinar las conclusiones a las que llegaste antes. Cuidado con las inversiones que generan aplausos. Los grandes movimientos son a menudo recibidos con bostezos.

Mayor “transparencia”, la solución favorita de políticos, analistas y reguladores para evitar futuros descarrilamientos, no es el remedio para los problemas que plantean los derivados. No conozco ningún mecanismo de información que describa o mida ni de lejos los riesgos de una enorme y compleja cartera de derivados. Los auditores no pueden auditar estos contratos y los reguladores no pueden regularlos. Cuando leo las páginas de “advertencia” de compañías metidas en enredos con estos instrumentos, lo único que acabo sabiendo es que no sé qué hay en sus carteras (y después me tengo que tomar una aspirina).

De esta irritante realidad surge la Gran Ley de Supervivencia Empresarial para ambiciosos consejeros delegados que amontonan deuda y balances insondables de derivados: ser ligeramente incompetente no es suficiente, para sobrevivir necesitan gigantescos desastres de consecuencias imprevisibles.

Una respuesta a “Carta de Warren Buffet a sus accionistas”

  1. Muy buenas las reflexiones de Buffet y muy interesante tu alusión a Juan Roig (Mercadona), figura que debería ser más popular y explicada en los medios (que les ha gustado sobretodo estos años ensalzar a los reyes midas de las inmobiliarias ahora caídos).
    Ese señor ha demostrado que es capaz de ganar dinero pagando más que el convenio del sector, contratos fijos, pagando un mes adicional de baja maternal, asignado a la gente a los centros por proximidad para que ahorrarles desplazamientos, negandose a abrir por abrir los domingos, que la gente esté contenta, y convertir marcas blancas en marcas favoritas.

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