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El traje nuevo del Emperador

Érase una vez un sabio emperador de un país llamado Buzzlandia. Dicho emperador leía bandos diarios para educar a los buzzlandeses. Recitaba cada mañana desde su balcón un sabio consejo que los buzzlandeses escuchaban con atención pues el sabio emperador solía prevenirles de lo que se avecinaba, fuera bueno o fuera malo. Los buzzlandeses eran capaces de escuchar una conversación a gran distancia, de modo que no necesitaban abandonar sus quehaceres cotidianos para entender lo que el emperador les quería transmitir cada mañana.

Un buen día supo el emperador que un gran circo llegaría a Buzzlandia. Saboreó satisfecho la buena nueva y bajó las escaleras que dirigían a su escritorio dando noticia de ello a todos aquellos que en su camino halló. Mientras el emperador se esforzaba en redactar su mejor mensaje, aparecieron en la estancia varios cortesanos que le aconsejaron tratar ese bando con solemnidad. El emperador no solía ser solemne con sus bandos, prefería darles un aire más popular, pero aceptó dada la importancia de la noticia.

De modo que el mensaje de esa mañana tan sólo invitaba a los buzzlandeses a asistir aquella tarde a la lectura pública de un bando muy especial. ¡El emperador leerá un bando desde la calle! dijeron al unísono. Y el emperador que, como ellos – incluso más que ellos, tenía un gran oído; el emperador se sobresaltó y miró asustado a todos los cortesanos que le acompañaban, buscando una respuesta, un consejo. Uno de ellos enseguida propuso:  Majestad, hágase usted un traje, la ocasión lo merece. Los demás asintieron.

El emperador nunca se había hecho un traje para una ceremonia; es más, despreciaba ese tipo de fastos. De modo que les dijo: está bien, pero deberá ser sencillo y original. Los cortesanos le recomendaron que acudiera a Esteban el trabajador, un sastre perfeccionista y visionario que anticipaba las tendencias de la moda de Buzzlandia. Rápidamente dos lacayos sacaron a Esteban de su taller. El pobre hombre no pudo más que darle un mordisco a una manzana que se disponía a almorzar, como cada mañana. Dejó, muy a su pesar, la manzana cuidadosamente sobre la mesa y se hizo acompañar a palacio.

Esteban se decidió a hacer un traje de aire de sabiduría; se encerró en una dependencia de palacio y horas mas tarde invitó al emperador a ponérselo. El emperador notaba que aquel aire de sabiduría no abrigaba demasiado, aunque era muy cómodo. Estaba más pendiente de la lectura de su bando que de las formas en que lo iba a hacer. Nada más abrirse la puerta de palacio, un juglar que allí estaba exclamó haciendo muecas: el emperador está desnudo. El emperador le miró con desprecio y la gente no se atrevió a transmitirse dicho mensaje más que al oído. El carpintero que escribe estos hechos indicó: no parece adecuado ese traje para él. Esta vez, el emperador miró a este humilde carpintero con aire firme, como invitándole a mantener la solemnidad del acto.

El mensaje iba corriendo por las catacumbas de Buzzlandia pues nadie se atrevía a alzar la voz hasta que llegó el General, un hombre muy popular entre los jóvenes guerreros del aquel país. El General alzó la voz para decir: Majestad, además de ir desnudo lleva usted en la mano un sable en lugar del bando

Han ayudado en la redacción de este cuento las infantas: Mercedes, Pilar y Cristina, así como los infantes Javier y Emilio. Este humilde carpintero te invita a continuarlo.

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