Iniciativa emprendedora a los 14 años. Néstor Palao

Néstor es un maquero adolescente, tiene ilusión por explorar y exprimir el loco mundo de las Startups. Comenzó hace unos meses a escribir iPhoneA2, un blog sobre Apple. No, Néstor, desgraciadamente no es un caso habitual.

Cuando yo tenía siete años me puse a vender collares de margaritas que hacía mi hermana frente a la fachada de la Catedral de Mondoñedo; aquello creó cierto revuelo; recuerdo que tuvo que venir a buscarme mi madre, que no me reprochó lo que hacía, sino mas bien el haberlo hecho en un pueblo de Lugo de los primeros años ochenta, en fin, que si lo volvía a hacer era recomendable alejarse del centro del pueblo; lo intenté en el parque pero no pasaba tanta gente y las ventas bajaron dramáticamente.

El caso es que el buen Néstor, días después de volver de Iniciador kids, escribió esta entrada en su blog; y poco después nos sorprendió a todos con este twit:

Hace algunos meses, Pau García Milá, fundador de eyeOS arrancaba una charla diciendo:

En otros países te ganas las cosas, en España tenemos la paga.
¿Has visto a algún niño vendiendo limonada?

Eso es cultura emprendedora, vender limonada, y así se aprende. Sacando unos eurillos por los banners. Luego, si a Néstor le va bien se comprará el iPhone, el iPad y hasta un MacBook; y tendrá que explicarles a sus compañeros de clase que se los han costeado sus anunciantes, y se acabará convirtiendo en un ejemplo para algunos de ellos.

Nos asusta ver a un niño vendiendo porque, en definitiva nos asusta vender; y eso hay que curarlo, y cuanto antes mejor. Ahora tenemos que empezar por respetar a Néstor por ponerse a vender, ya no digo reirle las gracias ni mucho menos comprarle algo. Será suficiente con que no seamos como los habitantes de Mondoñedo de 1983.

Historias sin moraleja II Fernando Largo

La semana pasada murió Fernando. Como cada vez que muere alguien, si no lo habías conocido y lees las crónicas te da la sensación que el mundo giraba a su alrededor; créeme, antes de su muerte el único que pensaba que el mundo giraba a su alrededor era el propio Fernando, y ése fue su error; Fernando tenía más enemigos que amigos, pero estos últimos le admirábamos profundamente. Fernando hubiera sido uno más en el mundo de los matemáticos pues su carácter introvertido y su contundente razonamiento hubiera encajado mejor en los círculos de Álgebra y números que en los que recorrió.

Fernando pasó por músico, productor musical y chigrero – tuvo un bar. Reconvirtió una sórdida casa de citas ovetense en un bar de los del letrero de Guiness en la puerta. En su casa, Casa Dorna, sólo le veía sonreir cuando volvía a su chigre y le decía buenas noches chigrero; esa palabra le inundaba la cara de orgullo y alegría y, sobre todo quitaba su coraza de hombre duro para poner sobre la barra una sensibilidad extrema, y es que Fernando era tremendamente sensible, por eso le dolía tanto que su mundo no lo quisiera; por eso se puso una armadura que reflejaba la luz, pero él era brillante de verdad sin la armadura, aunque poca gente se dignase a mirar dentro.

Como buen matemático tuvo un punto de brillantez extrema que le hubiera valido La Medalla Fields. Catuxa, una de las canciones más hermosas del nuevo folclore. Pero no hay medalla a la brillantez en la música, y mucho menos para alguien que va a su aire y se enfrenta a la ideología reinante en su gremio, en este caso al independentismo asturianista de los años 80.

Fernando renegaba del arpa aunque llegó a quitársela en un disco al padre del arpa moderna, Alan Stivell, otro bicho raro. Fernando sólo deseaba cerrar el bar por dentro y ponerse a tocar una wistle de perroflauta e invitarnos a güisquis que no sabríamos apreciar ni si quiera 6 horas antes; el nos los explicaba y nos sabían a gloria. Lo que he aprendido de tí.

Fernando hizo todo lo que se propuso, sólo se quedó con las ganas de colocar un menhir de granito de Porriño en un monte asturiano para celebrar el solsticio de verano; a ver si entre todos le acabamos la tarea.

Hasta más ver, amigo

Historias sin moraleja I – Ramón el ciclista

Ramón es de Villaverde. El penúltimo ERE de Telefónica lo puso en casa con 52 años. Coincidí hoy con él pedaleando por la Casa de Campo cuando volvía del trabajo. De chichonera y maillot clásico, con fibrosa estructura y afilada cara Ramón es un hombre enfadado con el mundo que le ha tocado vivir.

Me adelantó, levantó un poco el pie y dijo: es un manillar muy bonito. Le di las gracias. ¿Haces todo el Anillo? Yo vengo desde Villaverde y lo hago entero. Ah, que vas en bici a trabajar; éso es mejor.

Llevaba una bici de montaña del año 90 pero estaba perfectamente ajustada; se la compró casi nueva a su sobrino en el 97 por la mitad de lo que le había costado siete años antes. Y la repasaba cada día con el mimo con el que mecanizaba las piezas en su trabajo.

Ramón hace 30km cada tarde en su bici para alejarse del bar en que que viven sus ex-compañeros de taller. Ramón siente rabia cntra un mundo que lo ha hecho inválido sin serlo. Mucho me temo que Ramón podría enseñar muchas cosas a los mecánicos de los nuevos talleres de bicicletas, y mucho me temo que Ramón nos podría enseñar el amor por las cosas bien hechas a todos los demás.