Como escribí en Francia censura Telegram (publicación del 25/08/2024), la tentación de algunos gobiernos occidentales de acallar ciertas voces en Internet es cada vez menos sutil. En aquel entonces comenté mi preocupación y enfado al ver cómo Francia parecía dispuesta a censurar Telegram bajo pretextos legales. Pues bien, menos de un año después, los acontecimientos de estas últimas horas lo confirman.

Pavel Durov, el fundador de Telegram, acaba de revelar públicamente que se negó a cumplir una orden gubernamental de censura muy parecida a la que temíamos. Y sí, todas las pistas apuntan de nuevo a Francia.

Otro intento de acallar voces discordantes

En las últimas 24 horas, Durov ha compartido en su canal oficial –y difundido en X (antes Twitter)– una denuncia que suena a déjà vu: “Un gobierno de Europa Occidental… se acercó a Telegram, pidiéndonos que silenciáramos las voces conservadoras en Rumanía antes de las elecciones presidenciales de hoy. Me negué rotundamente”. Telegram, afirma Durov, no va a restringir las libertades de los usuarios rumanos ni a bloquear sus canales políticos, por mucha presión que venga de un estado. En un guiño nada disimulado, Durov acompañó su mensaje con el emoji de una baguette, insinuando qué país estaba detrás de la solicitud de censura. Que el mensaje apunte directamente a Francia no sorprende: ese emoji es toda una pulla al gobierno de Emmanuel Macron, al que Durov evita nombrar pero deja en evidencia.

La situación concreta es la siguiente: hoy (18 de mayo de 2025) Rumanía celebra la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales. Según Durov, este “gobierno de Europa Occidental” le exigió cerrar o silenciar ciertos canales de Telegram donde se expresaban voces conservadoras rumanas, previsiblemente para influir en el resultado electoral. Todo indica que querían frenar la difusión de mensajes favorables al candidato euroescéptico o de derechas en esas elecciones. Durov, fiel a sus principios, se plantó y dijo NO. Lo más llamativo es la doble ironía del caso: un gobierno occidental supuestamente comprometido con la democracia intentando “interferir en unas elecciones” de otro país al silenciar a un sector ideológico entero. El propio Durov lo expresó con dureza en su publicación, dejando una frase para la historia: “No puedes ‘defender la democracia’ destruyendo la democracia. No puedes ‘luchar contra la interferencia electoral’ interferiendo en las elecciones. O hay libertad de expresión y elecciones limpias, o no la hay. Y el pueblo rumano merece ambas”. Resulta difícil no aplaudir estas palabras. Son un recordatorio de que, si recortas la libertad con la excusa de protegerla, terminas perdiéndola por completo.

La revelación de Durov ha causado un revuelo inmediato en las redes. En X, muchos usuarios destacaban el gesto de Telegram de no doblegarse. El emprendedor tecnológico Mario Nawfal, por ejemplo, lo resumía con énfasis: “BREAKING – TELEGRAM: ‘WE REFUSED TO SILENCE ROMANIAN CONSERVATIVES’…” (Nos negamos a silenciar a los conservadores rumanos), subrayando cómo la compañía había rechazado la orden de censura occidental. En el ámbito hispanohablante, figuras políticas también reaccionaron: el eurodiputado español Hermann Tertsch comentaba lacónicamente “Aquí hay muchos nervios” al compartir la noticia, insinuando el nerviosismo de las élites ante la libre difusión de ciertas ideas. Es evidente que este episodio ha tocado un nervio sensible en la opinión pública: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los gobiernos para controlar la narrativa en Internet?

Cabe señalar el contexto y los antecedentes para entender mejor la tensión. Telegram y Francia ya chocaron frontalmente el año pasado. Como recordarán los lectores de mi anterior entrada, las autoridades francesas detuvieron a Pavel Durov en agosto de 2024 cuando pisó suelo parisino, acusándolo de facilitar delitos por la supuesta falta de moderación en su plataforma. Aquella detención (justificada oficialmente por casos de pornografía infantil, narcotráfico y fraude que habrían ocurrido en Telegram) levantó suspicacias: ¿se trataba de perseguir realmente esos delitos o más bien de asustar a Durov para que colaborase con las demandas de censura? La reacción internacional fue de alarma; incluso Elon Musk llegó a declarar entonces que la libertad de expresión estaba “bajo ataque” en Europa. Durov finalmente fue puesto en libertad bajo fianza millonaria y, tras meses de investigación, logró salir de Francia en marzo rumbo a Dubái. A todas luces, quedó claro que el fundador de Telegram no cedió a las presiones ni dentro ni fuera de la cárcel. Y ahora, con lo ocurrido en Rumanía, vemos la continuación de ese pulso.

No es casualidad que Francia esté nuevamente en el punto de mira. El gobierno de Macron ha mostrado preocupación por el papel de Telegram en la difusión de información que ellos no controlan. Esta plataforma de mensajería, a diferencia de Facebook o incluso de la propia X/Twitter, no está tan sujeta al control gubernamental ni corporativo. Telegram no tiene su sede en la UE continental (opera desde Dubai) ni una estructura fácil de presionar mediante leyes locales. Además, utiliza cifrado en algunas comunicaciones y permite canales y grupos masivos donde los contenidos se propagan sin un algoritmo centralizado que los priorice (o suprima). En otras palabras, Telegram es un verso libre dentro del ecosistema de las redes: un espacio donde los usuarios pueden comunicarse de forma relativamente autónoma, lejos del escrutinio directo de estados y gigantes tecnológicos.

Internet libre vs. control estatal: el valor de decir “no”

Desde una perspectiva de libertad en Internet, lo ocurrido reafirma por qué es vital que existan plataformas dispuestas a plantarse frente a órdenes de censura. Muchos gobiernos democráticos suelen criticar –con razón– a regímenes autoritarios por censurar Internet y perseguir la disidencia en redes sociales. Sin embargo, resulta hipócrita que esos mismos gobiernos caigan en la tentación de emplear tácticas similares cuando ciertas voces internas o de países vecinos les incomodan. En este caso, hablamos de un país de Europa Occidental intentando acallar corrientes conservadoras en un país del Este antes de unos comicios. Es una imagen muy poco edificante para quienes creemos en los valores abiertos de la Unión Europea. Que un candidato rumano, George Simion, haya llegado a acusar públicamente a Macron de injerencia colonial –denunciando “dinero y presiones” de la embajada francesa para influir en la elección– muestra hasta qué punto este asunto ha tensado el clima político. Dicho por un europeo sobre otro, suena a reproche que normalmente se reserva a potencias autoritarias. Y es que el hecho mismo de censurar es profundamente político: quien controla qué se dice y qué no, controla en buena medida el rumbo de una sociedad.

¿Por qué Telegram se ha convertido en el foco de estas tensiones? La respuesta es sencilla: porque escapa al control. Al carecer de los filtros y la moderación proactiva que tienen otras redes, Telegram se ha vuelto refugio de multitud de grupos y canales que serían bloqueados o apagados en Facebook, YouTube o incluso en Twitter/X. Allí operan desde disidentes en regímenes autoritarios, hasta comunidades polémicas en países democráticos que se sienten censuradas por el discurso “oficial”. Esta libertad casi absoluta viene con sus problemas, claro: Telegram ha sido acusado de albergar desinformación, propaganda extremista e incluso contenido delictivo en ciertos rincones. Es el precio (y el argumento favorito de quienes piden meterle mano). Pero conviene mirar el cuadro completo. Muchos de esos problemas existen también en otras plataformas; la diferencia es que en Telegram no hay un “árbitro” central poderoso dispuesto a eliminarlos al primer toque de silbato gubernamental. Y eso, para bien o para mal, cambia las reglas del juego.

Desde mi punto de vista –muy influido, lo admito, por una visión libertaria de la tecnología–, es preferible un espacio libre con riesgos que un espacio “seguro” pero férreamente controlado. La noticia de que Telegram ha rehusado censurar contenido político en Rumanía me parece una victoria simbólica para la libertad en la red. Confirma lo que muchos analistas y activistas veníamos advirtiendo: si renunciamos a plataformas fuera del alcance estatal, corremos el peligro de que todo el debate público quede bajo supervisión. Hoy le ha tocado a Telegram plantar cara y decir “no, no vamos a callar a estas personas porque usted lo ordene”. Mañana, ¿quién sabe? Quizá otro servicio de Internet tenga que decidir entre sus principios o ceder ante el BOE de turno.

Algunos argumentarán: «¿Y qué pasa con la desinformación, o con las amenazas reales a la democracia?». Por supuesto existen riesgos reales (rumores infundados, campañas tóxicas, incluso llamados a la violencia) y ningún demócrata quiere elecciones manipuladas por bulos. Pero el remedio no puede ser la censura previa generalizada, porque entonces matamos al enfermo para curar la enfermedad. Como bien dijo Durov, o hay libertad de expresión, o no la hay. No se puede estar a favor de la democracia y a la vez pedirle a una empresa que silencie a miles de ciudadanos porque sus ideas “no nos convienen”. Esa vía es un atajo peligroso. Hoy son “las voces conservadoras” –etiqueta comodín que fácilmente podría transformarse en “disidentes”, “críticos” o simplemente “opositores”–, y mañana podría tocarle a cualquier otro grupo incómodo para el poder de turno.

Este episodio de Rumanía también pone en evidencia las diferencias de enfoque entre plataformas. Mientras Telegram mantiene una postura intransigente contra la censura política, otras redes sociales han cedido en ocasiones a presiones estatales. Recordemos que, en 2023, Twitter (hoy X) bloqueó contenidos y cuentas de la oposición en Turquía justo antes de las elecciones, tras exigencias del gobierno de Erdoğan, para evitar que la cerraran por completo en ese país. En aquel momento Elon Musk defendió su decisión como un mal menor, pero muchos criticamos que se traicionara el principio de libre información. Plataformas como Facebook también suelen eliminar páginas o posts a pedido de autoridades locales, amparándose en leyes de “fake news” o “odio”. Es verdad que las empresas tienen que cumplir las leyes locales hasta cierto punto; sin embargo, la diferencia con Telegram es notable. Durov parece dispuesto a arriesgarse a que bloqueen Telegram entero en un país antes que traicionar su promesa de no censurar contenido político legítimo. De hecho, ya ocurrió en el pasado: Irán prohibió Telegram en 2018 cuando la compañía se negó a cerrar canales de manifestantes pacíficos, y Rusia intentó sin éxito bloquear la app durante dos años por motivos similares. Telegram ha asumido esas consecuencias antes, y todo indica que lo volvería a hacer si Francia (u otro estado) optase por la medida extrema de vetar la aplicación en su territorio. Al final, “somos capaces de salir de cualquier mercado que no nos permita operar con libertad”, vino a decir Durov en una ocasión refiriéndose a este tema.

¿Quién será el siguiente objetivo?

En estas horas todavía no sabemos cuál será la respuesta oficial de Francia u otros implicados ante la revelación de Durov. Ni París ni Bucarest han comentado nada todavía sobre esta acusación grave, y quizás nunca lo hagan abiertamente. Puede incluso que nieguen la mayor, como suele ocurrir en estos casos de diplomacia en la sombra. Pero, sinceramente, para mí el simple silencio ya dice mucho. Telegram ha expuesto una práctica fea: intentar apagar voces por cálculo político. Y lo ha hecho pagando el precio de enfrentarse a un gobierno poderoso. ¿Habrá represalias? Es posible. ¿Habrá más intentos de este tipo en el futuro? Sin duda.

Lo importante, y con esto cierro, es que se ha marcado un precedente valioso. Durov y Telegram han demostrado que todavía hay rincones en Internet dispuestos a defender la libertad de expresión de forma íntegra, incluso frente a democracias occidentales cuando éstas se comportan con los tics de un censor. Como ciudadano y como usuario, encuentro en esto un motivo de esperanza. En mi post anterior concluía con el temor de que estuviéramos ante el principio de una Internet amordazada por intereses estatales; hoy, en cambio, quiero concluir con una nota más optimista: mientras existan plataformas y personas con la valentía de decir “no vamos a censurar”, la libertad en la Red seguirá teniendo quien la defienda.

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Javier
Javier

Cofundador de Proportione. Estrategia, tecnología y personas. Escribo sobre negocio, innovación e investigación desde 2008.

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