Por qué no me gustan las tabletas

Para mí el AVE es el modelo de oficina móvil y cuando trabajo en el tren no cambio mi portátil Dell de 250€ con Linux por la mejor tableta.
Las pantallas táctiles son el interfaz más natural que tenemos hoy, sólo hay que ver como se relaciona un niño de dos años con un teléfono táctil o con una tableta, pero para escribir durante más de 20 minutos cansa.
En el PC de sobremesa tenemos el teclado a 30 cm de la pantalla, en el portátil 10cm, y en ambos casos en unos 75° de ángulo. Mientras que en la tableta no hay ángulo ni prácticamente distancia entre teclado y pantalla, es una ergonomía pareja a la que usan Los artesanos cuando esculpen, pintan o moldean; una posición ideal para vender o enseñar algo, por lo que creo que son una buena herramienta en educación. Pero es incómoda para desarrollar una historia, para escribir en definitiva, por lo que no me parecen prácticas en mi caso.
Un móvil de gama alta cuesta lo mismo que una tableta, tiene la mitad de pantalla y hace las mismas cosas que una tableta; pero cabe en el bolsillo y, sobre todo ya nos es familiar, vamos que no necesitamos llevar otro chisme más encima.

Tendencias en el cambio

El producto más valioso es el conocimiento, y la tendencia es a darlo en abierto. En esta ocasión no entraré en los porqués de esta aparente contradicción sino en postular algunas tendencias que, creo, se derivan del enorme cambio en el que estamos sumidos.

En primer lugar, la decadencia del sindicalismo en la Economía del Conocimiento. Los sindicatos se crearon en la Revolución industrial del siglo XVIII para defender los derechos de los obreros, los cuales, en aquel momento eran una mercancía de mercado (una commodity) al igual que las materias primas o la maquinaria de producción. Ahora, el trabajador del conocimiento lleva todos los medios de producir sobre sus hombros, en el cerebro, de modo que ya no es una commodity, perderlo pone en jaque a la empresa, y es irreparable si la empresa no ha conseguido previamente que ponga una buena parte de su conocimiento a disposición de sus compañeros.

En segundo lugar, nos viene encima un aumento exponencial en la velocidad de generación de conocimiento, porque al hacerse público el conocimiento, caminamos siempre a hombros de gigantes.

La pérdida de valor de los datos que almacenamos en nuestro cerebro y que podemos repetir sin pestañear. Cuando lo que sirve son las preguntas y no las respuestas, poco sentido tiene memorizar sin comprender, repetir sin cuestionarse. De modo que está aumentando el valor de nuestra capacidad de aprender y, sobre todo, de nuestro interés por aprender.

El aumento de la importancia de nuestra reputación, en especial, la reputación digital. Cuando caminas por la calle y ves a alguien escupir al suelo, normalmente, piensas mal de esa persona, y otros cuatro que lo han visto también; pero, probablemente, no te volverás a encontrar al escupidor o tampoco lo recordarás como para tenerlo en cuenta. Ahora es distinto, por un lado tenemos a adolescentes sobre-excitados que graban su primera borrachera con el teléfono móvil, luego lo cuelgan en Youtube, para que años más tarde se lo encuentre la persona de Recursos humanos que le va a entrevistar.

El abismo educativo entre personas que se preguntan el porqué de las cosas y las que no, entre las que leen y las que ven.

La vuelta a innovar, a las frases como renovarse o morir, a valorar la condición creadora del ser humano, a asumir riesgos y a hacer locuras. Hoy me despierto con una noticia sobre el DARPA, la agencia de investigación militar norteamericana, y es que se proponen crear un coche volador, una locura del DARPA, por fin, tras veinte años tristes, uno de los motores de la Investigación del siglo XX vuelve a funcionar, y es una magnífica noticia.